ARQUITECTURA COGNITIVA

Átomos

He cambiado de trabajo, y la decisión lleva una tesis dentro: la pantalla ha sido un desvío de treinta años. Lo digital acabará disolviéndose en el espacio físico porque solo lo físico produce cultura — y la prueba va de una puerta de sesenta centímetros en el Japón del XVI a un templo de once mil años, pasando por el dispositivo sin pantalla que OpenAI compró por 6.500 millones.

Por Carles Montrull · · 14 min de lectura

Un pasaje de hormigón, una escalera y una figura humana al fondo.
Umbral. Imagen conceptual generada con IA; no representa un proyecto construido.
En este ensayo ↧

Empezamos el curso con cambios, y no cualquier cambio. He cambiado de trabajo, y deja que te cuente el porqué de la decisión, porque no ha sido un cambio fácil. Parece mentira pero llevo más de diez años trabajando en el lado de las pantallas — producto, flujos, plataformas donde cada flujo está pensado de forma determinista. En definitiva, no os voy a contar nada que no sepáis, bits. Y me he ido a una casa que utiliza parte de la metodología de digital y lo aplica a paredes, luces y recorridos. Me he ido a los átomos.

Sinceramente, no me lo he tomado como un cambio de sector, aunque aparentemente lo es — contarles a tus conocidos que entras en una especie de estudio de diseño suena a cambio de sector pero en el fondo, siempre ha sido una sospecha que sentía que no podía comprobar desde el software: que la pantalla ha sido un desvío de treinta años, y que lo que viene, y empiezo a estar cada vez más convencido de ello,  no es más pantalla sino menos — creo, sinceramente, que lo digital acabará disolviéndose en el espacio físico, porque solo el espacio físico produce algo que ninguna pantalla ha conseguido producir. Cultura.

Esta afirmación es dura. Así que déjame que vaya por partes, porque la sospecha empezó con una puerta.

Sen no Rikyū fijó la ceremonia del té en el Japón del siglo XVI, y para generar la ceremonia del té tomó una decisión discutida justo en el momento de entrar a la sala. La llamó nijiriguchi: una abertura de unos sesenta centímetros de alto por otros tantos de ancho, colocada a media altura de la pared. La diseñó de tal forma que nadie podía cruzarla de pie. Todo aquel que quería participar de la ceremonia debía agacharse, ponerse de rodillas, casi a gatas — con el cuerpo en la postura exacta de una reverencia.

Pensemos juntos lo que esta puerta hace, capa a capa.

La primera capa es física. Sen no Rikyū diseñó la puerta pensando en que una katana de un samurái no cupiera por la misma. Este acto de diseño obligó a los samuráis a dejar la espada fuera, en el soporte de la pared exterior, no porque hubiera ninguna norma que se lo ordenara sino porque físicamente era imposible. Lo que más me fascina de esto es que obligó al samurái a desarmarse por diseño y no por prohibición.  

La segunda es social. Un daimio y un comerciante entraban exactamente de la misma forma: doblados, con la cabeza baja, ocupando el espacio que el hueco ofrecía. En el Japón feudal, donde el rango decidía cómo hablabas y dónde te sentabas, la puerta producía durante unos segundos la única igualdad posible — la del cuerpo. Rikyū no escribió ningún tratado sobre la humildad para conseguirlo. Construyó una entrada que fabricaba dicha humildad cada vez que alguien la cruzaba.

La tercera es la transición. Piensa en el hueco como una frontera: a un lado, el mundo feudal con sus títulos y su ruido; al otro, una sala de cuatro tatamis y medio donde sólo existe el té. El hecho de agacharse y cruzar el umbral implicaba dejar algo fuera. Siendo el gesto del cuerpo el que le dice a la cabeza que acaba de cambiar de mundo.

Y la cuarta es la que más me importa. Nada de esto requiere convicción. Ningún invitado tiene que creer en la igualdad para practicarla; le basta con querer tomar un buen té. Si lo llevamos al extremo, y la acción se repite en cada visita, idéntica, sin decisión, generamos un ritual. El ritual, con los siglos, se vuelve ceremonia y obtenemos una cultura entera cristalizada alrededor de una puerta de sesenta centímetros. Rikyū diseñó el primer eslabón de la cadena — acciones que se vuelven rituales, rituales que sedimentan en identidad, identidad que cristaliza en cultura — y dejó que el factor tiempo hiciera el resto. Vuelve a leer este párrafo. El diseño de una puerta moldeó toda una sociedad. 

Pero hay algo en la acción de cruzar la puerta que he tardado en ver más de lo que me gustaría, y es lo que sostiene todo lo demás: este ritual funciona porque todos cruzan exactamente la misma puerta. Aquí viene la diferencia. Un gesto que solo hago yo es un hábito. Un gesto que hacemos todos igual, en el mismo sitio, repetido en el tiempo, es un ritual. Y solo los rituales fabrican cultura. Por contra, si cada invitado tuviera su propia puerta construida a su medida, no conoceríamos la ceremonia del té. Conoceríamos el hábito de tomar té. 

La ceremonia del té es sólo un ejemplo. Hay otros ejemplos.

En una colina al sureste de Turquía hay un conjunto de pilares de piedra de hasta cinco metros, tallados con relieves de animales y dispuestos en círculos. Se llama Göbekli Tepe y tiene más de once mil años. Según los historiadores es el monumento más antiguo que los seres humanos han construido — y lo levantaron cazadores-recolectores, antes incluso de la agricultura, la rueda, la escritura o cualquier esbozo de civilización. Durante décadas la historia había dado por hecho el orden inverso: primero se cultiva, luego se asienta un pueblo, y solo entonces, con excedente y jerarquía, se construyen los templos. El descubrimiento de Göbekli Tepe invirtió todas las hipótesis que existían hasta el momento. Klaus Schmidt, que dirigió la excavación durante veinte años, lo resumió en una frase que dio la vuelta a la prehistoria: primero vino el templo, después la ciudad. La hipótesis que se sigue discutiendo es que la necesidad de alimentar a la gente que se reunía allí fue lo que realmente empujó a domesticar el trigo que crecía en las laderas cercanas. Simplificando mucho, el rito vino antes que el grano.

Como civilización, lo primero que construimos juntos no fue un granero ni una muralla. Fue un espacio para hacer todos lo mismo. La primera tecnología de la cultura fue una habitación — y las siguientes también: el círculo alrededor del fuego, el ágora, la nave de la iglesia donde todos se arrodillan en el mismo instante, la cafetería londinense del XVIII donde Habermas sitúa el nacimiento de la opinión pública, gente que no se conocía discutiendo el mismo periódico en la misma sala. 

Todo lo anterior comparte las dos propiedades que la cultura necesita para nacer. El espacio es común: el mismo para todos los que entran. Y el espacio es lento: no se puede cambiar de un día para otro. Entonces llegamos a la siguiente conclusión: lo que se repite igual, entre muchos, durante años, sedimenta. Lo que cambia cada mañana, para uno, no deja nada.

Ahora miremos cómo ha ido ‘evolucionando’ el espacio compartido en los últimos dos siglos, porque es una contracción sin pausa. 

De las plazas de los pueblos a las fábricas de la ciudad: el espacio común se cerró entre muros, pero seguía siendo común. De la fábrica a la oficina: más pequeño, más segmentado pero aún compartido. De la oficina al despacho. Del despacho a la pantalla — y aquí la contracción da un salto de naturaleza, porque la pantalla ya no es un espacio común: es un espacio de uno. Nadie cruza la pantalla contigo. Y una contracción más, de la pantalla del monitor al feed: no solo un espacio de uno, sino un espacio distinto para cada uno, diseñado para reconfigurarse cada hora. El trabajo remoto fue el penúltimo paso. La IA está dando el último: una interfaz diferente para cada persona, generada al momento. Cada paso ganó eficiencia. Cada paso perdió comunidad.

Aquí está lo que me costó aceptar a nivel personal, porque he vivido diez años dentro: el mundo digital gobierna el comportamiento mejor que ningún espacio existente de la historia, y fabrica cultura peor que ninguno. Y es por las mismas dos razones, invertidas. La pantalla no es común: es privada. Y no es lenta: se reoptimiza cada segundo. El feed es una nijiriguchi personalizada — una puerta que solo cruzas tú, y que mañana esa puerta será totalmente diferente. Produce hábito a escala planetaria y ritual a cero. Miles de millones de personas haciendo cada una su gesto, ninguna el mismo.

Aquí probablemente te salte la alarma, porque a mí mismo me saltó: en internet hay cultura. Fandoms, memes, comunidades con su lenguaje y sus códigos. Es verdad, y tiene un límite que pienso la delata. Esas comunidades tienen identidad, pero sus rituales son asíncronos y privados — cada uno en su pantalla, a su hora, sin átomos. Y son frágiles de una forma en que ninguna ceremonia lo ha sido nunca: mueren cuando la plataforma cambia de puerta. Algunos ejemplos. Vine desapareció con sus millones de creadores en un año. Google+ se evaporó. Twitter cambió de dueño y media comunidad se fue a buscar otro sitio. Lo que me lleva a pensar que una cultura que no sobrevive a un rediseño no ha sedimentado: ha sido alojada. La ceremonia del té, por contra, ha sobrevivido cuatro siglos de regímenes, guerras y modernizaciones porque su plataforma se basa en los átomos, y los átomos tardan mucho tiempo en actualizarse.

Y la pregunta a la que me lleva todo esto es por qué ganaron los bits, entonces, si fabricaban tan poca cultura. Y la respuesta no es cultural — es económica, como casi todo cuando buscas una respuesta. La economía de los últimos treinta años premió sobremanera lo que podía replicarse casi a coste cero: el software. La aritmética es clara, una plataforma llega a mil millones de personas con un mismo código; un espacio impacta a quien cabe dentro. De aquí deduzco la tesis de los inversores: la cultura no escala, y por eso nadie invirtió en ella. Pero esa ventaja acaba de agotarse por el otro extremo: ahora la inteligencia también es infinitamente replicable, el mismo modelo para todos, a coste prácticamente cero. Cuando todo lo que escala es gratis y es igual para todos, venimos viendo que el valor se desplaza a lo único que no se escala — el lugar concreto, el gesto compartido, el sitio donde alguien estuvo. Lo que no escala es lo que queda.

Durante treinta años hemos dado por hecho que el destino es el cristal: cada vez más pantallas, más grandes y más cerca de los ojos — como por ejemplo el iPhone Duo. Yo di por hecho que este era el camino — llegando a creer en el metaverso. Y sin embargo, uno de los actores que más lejos ha llevado la inteligencia artificial apostó seis mil quinientos millones de dólares a lo contrario. OpenAI compró la empresa de Jony Ive para construir un dispositivo sin pantalla: un objeto del tamaño de la palma que percibe el entorno físico — y solo aparece cuando tiene algo que decir. Altman lo describe como el tercer dispositivo, después del portátil y el teléfono, y lo define por lo que no tiene. La apuesta, dicha sin adornos, es que salga del rectángulo y viva en el ambiente y esto, personalmente, me parece fascinante. La inteligencia ‘flotando’ en el ambiente. 

Conviene decirlo con honestidad, porque el sector está lleno de cadáveres: el AI Pin de Humane intentó lo mismo y fracasó de forma estrepitosa, y el Financial Times cuenta que el dispositivo de OpenAI arrastra problemas de personalidad, privacidad e infraestructura que pueden retrasarlo años. Puede que este objeto concreto no sea el que lo logre. Pero cuando el jugador con más recursos del planeta apuesta por quitar la pantalla, la dirección deja de ser opinión.

Y hay una ironía en esa dirección que cierra el argumento sobre sí mismo. La inteligencia artificial es la tecnología que más lejos ha llevado la personalización: cada respuesta distinta, para cada persona, en cada momento. Es la contracción del espacio llevada a su límite — el feed de uno convertido en interlocutor de uno mismo. Y precisamente esto es lo que va a empujar la inteligencia artificial fuera de la pantalla. Porque una inteligencia que lo sabe todo de ti no necesita que la mires: necesita estar donde estás. Dicho de otra forma, necesita un cuerpo. Y el único cuerpo que puede tener una inteligencia ambiente es una habitación. La tecnología que personalizó cada superficie acaba de descubrir que su forma final no es una superficie, sino un lugar.

Aquí, por fin, está la tesis, la que me hizo replantearme mi camino y aceptar la nueva aventura. Lo digital va a perder encaje como espacio propio y va a fusionarse con lo físico. No porque lo físico sea más bonito ni más humano — porque es lo único que tiene las dos propiedades que la cultura exige, y la cultura es lo único que la escala no puede fabricar. Cuando la inteligencia deje de vivir en un rectángulo privado y pase a vivir en el ambiente, el entorno físico volverá a ser la interfaz de la civilización. La habitación, la calle, la tienda, la oficina: superficies comunes y lentas por las que muchos pasan igual, ahora con inteligencia dentro. La pantalla fue el desvío. El espacio era el destino.

Lo que eso significa para aquellos que diseñan espacios es enorme, y casi nadie lo está mirando así. Diseñar un espacio deja de ser interiorismo y pasa a ser diseñar la interfaz de la era de la IA — la superficie donde una inteligencia ambiente y un cuerpo humano se encuentran. Y a la vez algo mucho más antiguo, tan antiguo como Göbekli Tepe: diseñar las condiciones de la cultura. Elegir qué gesto van a repetir todos los que entren, cada vez, sin decidirlo. La nijiriguchi con inteligencia dentro.

Llegado este punto es momento de presentaros mi nueva casa. En Venture llaman a esto SpaceUX, y la primera vez que me lo explicaron al detalle empezó a resonar dentro de mí. No diseñan metros cuadrados: diseñan momentos. El espacio no es estático — la experiencia sucede en el tiempo, como la ceremonia del té es una coreografía y no una habitación. Y de vez en cuando uno de esos momentos deja de ser inercia y empieza a repetirse con convicción: la comunidad le da significado, lo hace suyo. Eso es lo que se celebra en Venture, un ritual naciendo. Y la pregunta de fondo que vienen respondiendo — cómo se diseña un espacio para lo que todavía no ha sucedido — es, literalmente, cómo se diseña un ritual antes de que exista. Es exactamente lo que Rikyū hizo con una puerta, y lo que yo llevaba tres años intentando explicar por escrito.

Queda una pregunta que este poder siempre abre. La puerta de Rikyū y el casino sin ventanas usan la misma herramienta: el espacio decide lo que haces antes de que lo pienses. La diferencia nunca estuvo en el método sino en para quién trabaja. Y cuando ese método se combine con una inteligencia que percibe el entorno y decide cuándo aparecer, quién diseña la puerta se convierte en una pregunta casi constitucional — arquitectura como ley sin parlamento. Lo digital perdió ese criterio por el camino, en salas donde se decidía cuántos pasos debía costar darse de baja. Lo he visto. Volver a los átomos es, también, la oportunidad de no repetirlo: un cuerpo que compromete — una pared no se puede A/B testear cada mañana — y un criterio que responde a quien habita el espacio, no a quien lo explota.

De la siguiente afirmación estoy especialmente seguro. El mejor espacio, como la mejor tecnología, es ambiente. No se nota. Gobierna sin mostrarse. Nadie que entra en una casa de té piensa que esa puerta le está enseñando humildad. Se agacha, deja la espada, y al levantarse ya es igual a los que están dentro. La arquitectura hizo su trabajo antes de que nadie pudiera darse cuenta — y lo hizo igual para todos, que es lo único que la convierte en ceremonia.

Hace once mil años, unos cazadores que no sabían cultivar levantaron pilares de cinco metros para tener un sitio donde hacer todos lo mismo. Lo hicieron antes incluso de tener la comida asegurada. Esto es lo primero que fuimos capaces de construir como civilización, y sospecho que será lo último que ninguna pantalla pueda sustituir.

A eso me he ido. A construir las puertas por las que la gente va a entrar agachada cuando la pantalla ya no esté — y, sobre todo, a intentar que lo que acepten al otro lado merezca la pena.