En este momento, mientras escribo, arde Guadalajara.
El incendio de la Mierla ha superado las treinta y dos mil hectáreas. Nueve de cada diez están dentro de un parque nacional. Es el mayor fuego del año en España y forma parte de una temporada que ya ha calcinado más de ciento veinte mil hectáreas — el equivalente a una isla entera. Veintidós grandes incendios, entendiendo por grande cualquiera que supera las quinientas hectáreas, cuando la media de la última década para estas fechas era de nueve. En una sola semana de julio ardieron cuarenta y tres mil hectáreas. En Almería, el fuego de Los Gallardos dejó más de una decena de muertos.
España concentra cerca del cuarenta por ciento de toda la superficie quemada de la Unión Europea este año. Somos el país que más arde del continente.
Y esto no es lo peor que hemos vivido. El año pasado fue peor: la peor temporada en más de tres décadas — al menos hasta la fecha.
Quiero usar estos incendios para hablar de otra cosa. No de bosques. De un problema de diseño que atraviesa todo lo que hemos construido para gobernarnos, y que los fuegos vuelven visible con una claridad que agradecería no tener.
Empecemos por una constatación incómoda: nadie ha visto nunca el cambio climático.
Vemos el tiempo que hace hoy. Vemos un incendio concreto en un valle concreto. Vemos una ola de calor que dura nueve días. Pero el fenómeno que produce todo eso no tiene una forma perceptible: está distribuido en siglos y en continentes, opera en escalas que ningún ojo alcanza, y sin embargo nos envuelve por completo. El filósofo Timothy Morton acuñó una palabra para estas cosas: hiperobjetos. Entidades tan masivamente distribuidas en el tiempo y el espacio que resultan invisibles precisamente porque estamos dentro de ellas. Como un pez que no puede ver el océano.
La economía es otro. Nadie ha visto nunca la economía. Vemos un precio, una factura, un despido. El sistema entero que produce esos hechos no está en ningún sitio observable: es la interacción de miles de millones de decisiones que ninguna mente puede sostener simultáneamente.
Los hiperobjetos comparten una propiedad que lo cambia todo: no se pueden pensar desde dentro de una sola cabeza. Y esa propiedad, que parece filosófica, tiene la más brutal consecuencia práctica. Porque todas nuestras instituciones — absolutamente todas — fueron diseñadas para problemas que sí caben dentro de una cabeza, o dentro de una sala.
Mira el desajuste con los incendios, porque es de una precisión casi didáctica.
Desajuste de espacio. En España, las competencias sobre montes y sobre prevención y extinción de incendios pertenecen a las comunidades autónomas. Lo establece el artículo 148 de la Constitución y lo desarrolla la Ley de Montes. Cada comunidad diseña su propio dispositivo, sus brigadas, sus medios aéreos, sus planes. El Estado solo despliega apoyo cuando se lo piden. Es un diseño razonable — cada territorio conoce sus bosques. Pero el fuego no conoce de fronteras administrativas, y un incendio que cruza de una comunidad a otra convierte instantáneamente un problema técnico en un problema de coordinación entre administraciones distintas, con protocolos distintos, cadenas de mando distintas y calendarios políticos distintos. La frase la escribió alguien mejor que yo: el fuego no entiende de fronteras autonómicas, pero la política española parece entender demasiado de ellas.
Desajuste de tiempo. Los incendios de verano se ganan o se pierden en invierno. La prevención — limpiar montes, crear discontinuidades, mantener cortafuegos, sostener actividad rural que mantenga el paisaje vivo — ocurre meses o años antes del fuego, y su éxito es literalmente invisible: consiste en que no pase nada. La extinción, en cambio, es espectacular, urgente, televisada, agradecida. Un cargo público con mandato de cuatro años se enfrenta a una elección estructural entre invertir en algo invisible cuyo beneficio recogerá su sucesor, o invertir en algo visible que le acredita hoy. No hace falta suponer mala fe: el incentivo está mal diseñado y produce el mismo resultado con gente buena y con gente mediocre.
Desajuste de causalidad. Detrás de cada gran incendio hay décadas acumuladas: despoblación rural, abandono de tierras, políticas forestales erráticas, montes sin gestionar, y un clima que hace las olas de calor más intensas y las sequías más largas. Ninguna decisión concreta causó esto. Fueron millones de decisiones razonables, tomadas por separado, durante cincuenta años, por personas que no se conocían entre sí. Nuestras instituciones están construidas para asignar responsabilidad — es su función más antigua. Pero un fenómeno cuya causa está distribuida en el tiempo y en la sociedad no tiene responsable, y por eso el sistema entra en un bucle que ya reconoces: cada temporada de fuegos produce una discusión sobre de quién era la competencia, que se agota en septiembre sin haber tocado nada de lo que importa.
Y hay algo peor, que los expertos ya han nombrado. Están apareciendo incendios llamados de sexta generación: fuegos tan intensos que modifican las condiciones atmosféricas a su alrededor y generan su propio comportamiento, imposible de predecir y de controlar con los medios convencionales. Es decir, el problema ha empezado a cambiar de naturaleza mientras nuestras herramientas siguen siendo las de antes. No estamos perdiendo una carrera. Estamos jugando a otro juego que el que nos entrenaron a jugar.
Ahora bien, hay que decir algo importante: sí construimos una vez una estructura capaz de gobernar el hiperobjeto. Y funcionó extraordinariamente bien.
En 1945, Friedrich Hayek publicó un texto que sigue siendo de lo más lúcido que se ha escrito sobre coordinación. Su observación era esta: el conocimiento necesario para asignar los recursos de una sociedad nunca existe concentrado en ninguna cabeza. Está disperso en millones de personas, cada una sabiendo algo diminuto y local que nadie más sabe — que este material escasea aquí, que esta demanda sube allí. Ninguna autoridad central puede reunir ese conocimiento, porque desaparece en el momento de agregarlo.
Y la solución que la humanidad había encontrado, sin diseñarla, era el precio. Un número que comprime en un solo dato la información dispersa de millones de personas que jamás se comunicarán entre sí. Nadie tiene que entender el sistema entero: basta con reaccionar al precio. Es, probablemente, la mayor pieza de inteligencia colectiva que hemos construido nunca. Un hiperobjeto vuelto operable.
Pero fíjate en el fallo, porque es el fallo que estamos pagando.
El precio solo transporta lo que alguien puede cobrar. Lo que se destruye sin que nadie lo facture no entra en la señal. La madera tiene precio; el bosque que regula el clima, no. El combustible tiene precio; el aire, no. Construimos una estructura magnífica para coordinar el hiperobjeto, y esa misma estructura generó otro hiperobjeto que es estructuralmente incapaz de ver. No porque esté mal implementada. Porque la ceguera está en el diseño: un sistema que coordina mediante precios no puede percibir aquello que no tiene precio.
Y aquí está el nudo de todo esto: no tenemos ninguna estructura a la altura del problema que nuestras estructuras produjeron.
No es un problema de voluntad política, ni de conciencia ciudadana, ni de tecnología de extinción. Es un problema de escala. Los hiperobjetos operan en siglos; nuestras instituciones, en legislaturas. Los hiperobjetos no respetan fronteras; nuestras instituciones son fronteras. Los hiperobjetos tienen causalidad distribuida; nuestras instituciones necesitan responsables. Los hiperobjetos exceden a cualquier observador; nuestras instituciones se basa en que alguien — un ministro, un consejo, un parlamento — comprenda el problema lo suficiente para decidir.
Ese alguien no puede existir. No por incompetencia: por escala.
Hace unos años, un ingeniero llamado Jacob Horne describió lo que llamó hiperestructuras —infraestructuras capaces de funcionar para siempre, sin mantenedor, sin propietario, sin permiso, sin poder ser detenidas. Lo escribió pensando en protocolos de blockchain, y ese contexto ha envejecido de forma desigual. Pero si ignoras el ejemplo y te quedas con la lista, verás que no describió una moda tecnológica: describió los requisitos de cualquier estructura capaz de sostener un hiperobjeto.
Tiene que sobrevivir a sus creadores, porque el problema los sobrevive a todos. No puede depender de una jurisdicción, porque el problema no la respeta. No puede requerir un mantenedor con mandato, porque ningún mandato dura lo que dura el problema. Tiene que ser creíblemente neutral, porque servirá a partes con intereses opuestos durante generaciones. Jacob acertó con las propiedades y las aplicó al problema más pequeño que tenía a mano.
Las propiedades correctas, el objeto equivocado.
No sé qué forma tendrá una estructura así. Nadie lo sabe todavía, y desconfío de quien lo afirme. Pero sospecho por dónde empieza, y es por la única parte del problema que sí que podemos atacar hoy: la percepción.
Un hiperobjeto es, antes que nada, invisible. Todo lo demás — la parálisis institucional, la disputa competencial, el incentivo perverso — deriva de que nadie puede verlo entero. Y esa es exactamente la carencia que las máquinas empiezan a poder compensar. No la inteligencia artificial general que nos sustituya, que me interesa poco. Sistemas especializados, verticalizados, construidos para una cosa: sostener en un solo modelo lo que ninguna cabeza humana puede sostener a la vez. Sistemas que no piensan por nosotros, sino que nos permiten pensar lo que solos no podemos pensar.
Ese es el punto donde la tecnología deja de ser una herramienta de productividad y se convierte en una condición de gobernabilidad. Si el problema es que ningún observador humano puede abarcar el objeto, entonces construir el observador que sí que puede abarcarlo no es un lujo técnico: es el requisito previo de cualquier decisión sensata. Todo lo demás — la política, la coordinación, la responsabilidad — viene después, y no puede venir antes.
Los bosques que arden esta semana en Guadalajara tardarán décadas en volver. Muchos no volverán: donde el fuego alcanza cierta intensidad, el suelo se esteriliza y el bosque no se regenera, se sustituye por matorral. Estamos convirtiendo, incendio a incendio, un paisaje en otro distinto. Y lo estamos haciendo sin que nadie lo decida, sin que nadie sea responsable, sin que ninguna institución tenga la escala necesaria ni para verlo ni para pararlo.
No es que el sistema esté fallando. El sistema está funcionando exactamente como fue diseñado. El problema es que fue diseñado para otro mundo — uno donde los problemas cabían dentro de una frontera, dentro de un mandato, dentro de una cabeza.
Ese mundo ya no existe. Y las estructuras que necesita el que sí existe todavía no las hemos construido.
Mientras tanto, arde.
