Este fin de semana me he ido a unas cabañas en medio del monte.
He ido a buscar no tener prisa rodeado de madera, silencio y un bosque alrededor. La sensación que he tenido durante el fin de semana es que todo está pensado para que durante un fin de semana tengas todo lo que formaba parte de la vida corriente: tiempo sin justificar, un lugar donde el ruido no llega, y sobre todo, la posibilidad de no hacer nada sin sentirte culpable. He de confesar que funciona y la sensación es preciosa.
Pero también he notado algo raro en el lugar, llevo desde el viernes con esta sensación y no he podido dejar de verlo.
Es un lugar que tiene casi todo lo que puede necesitar una aldea y sin embargo, está diseñado para que te vayas el domingo a las doce de la mañana.
Observando a la gente he vislumbrado que nadie viene a quedarse sino más bien viene a recargar energías y llenar los pulmones de oxígeno para volver a otro sitio. Y eso, tengo la sensación de que habla mucho más de ese otro sitio que de este. Hemos construido lugares para escapar, durante un fin de semana, de la forma de vida que nosotros mismos hemos construido. Pagamos por silencio. Pagamos por no hacer nada. Pagamos por un tiempo que no tenga que producir algo.
Sinceramente, no creo que esto signifique que todo el mundo quiera irse a vivir al campo, sería una conclusión demasiado fácil. Entiendo que hay una verdad más incómoda: que hay cosas que nuestro entorno de cada día, allí donde hacemos nuestras vidas, ha dejado de producir, y que intentamos comprar estas experiencias por días.
La pregunta a la que me lleva todo esto es saber qué cosas son. Y por qué las perdimos.
Así que empecemos a bucear.
A principios de los noventa, dos artistas rusos, Vitaly Komar y Alexander Melamid contrataron una empresa de estudios de mercado para preguntar a la gente qué cuadro querían ver. El experimento lo repitieron en once países a través de una encuesta y pintaron el resultado de cada uno. Lo más impactante de todo es que salió el mismo cuadro once veces: un paisaje, unas pocas figuras, algún animal y muchos tonos azules.
Alex Murrell usa dicho experimento para abrir The age of average, un ensayo que recomiendo encarecidamente leer entero. La conclusión principal es que aquel cuadro se ha ido convirtiendo en nuestro mundo. Cuando preguntas a todos qué quieren y juntas todas las respuestas, produces una media. Analiza tu alrededor y empezarás a ver patrones como las mismas cafeterías, los mismos salones, las mismas ciudades.
Pero hay algo más: hemos dado otro paso, y es el que me parece verdaderamente nuevo.
Con todos los avances que estamos viviendo ya ni siquiera necesitamos producir una media para todos. Podemos producir una media a medida de cada uno. Si pienso en las aplicaciones que tengo alrededor lo veo claro. Mi lista de música. Mi feed. Mis series, mi inteligencia artificial. Recibo mi versión, justo a la hora que lo necesito, en mi pantalla.
La eficiencia del siglo pasado nos hacía parecidos, pero nos dejaba compartir espacios juntos: millones de personas viendo lo mismo la misma noche fabricaban rituales sin proponérselo. La de ahora nos sigue haciendo parecidos y además nos separa. El resultado es una paradoja que pienso resume nuestra época con bastante precisión: nunca nos habíamos parecido tanto y nunca habíamos compartido tan poco.
Después de este fin de semana en las cabañas siento que vivimos dentro del cuadro de Komar y Melamid pero, y aquí está la diferencia con el siglo pasado, cada uno únicamente mira su propio cuadro.
Lo que hemos perdido por el camino no es “la comunidad”, dicho así, en abstracto. Es algo más concreto y bastante menos romántico: las dependencias.
Tras mucho darle vueltas, creo que la eficiencia sirve para eso, eliminar las dependencias. La lavadora nos liberó de depender del río y de las demás personas que lavaban en él — todavía recuerdo las historias que mi abuela me contaba de cuando iba al lavadero comunitario. Es un invento magnífico, y nadie en su sano juicio quiere volver al río para tener comunidad. Pero cada dependencia eliminada se llevó algo que no aparecía en la cuenta: una razón para coincidir.
Esto me lleva a pensar que la cultura necesita algunas dependencias. No todas. Algunas.
Piensa en una cena que se repite cada mes. Para que exista, alguien tiene que desplazarse. Otro cocina. Hay que cuadrar agendas de todos los integrantes. Algún viernes no te apetece nada, y aún así vas. Otros llegan tarde. Otros traen a alguien que nadie conocía. Es una pequeña negociación con los demás, y es justo esa negociación lo que hace que, con los años, algo empiece a importar.
Tu lista de música nunca te obliga a escuchar la canción que ha elegido tu amigo. Una mesa, por contra, sí.
No es una idea nostálgica: hay gente que ya lo pone en práctica. Miguel Herrero lleva desde 2014 sentando a desconocidos en una misma mesa con Nunca Comas Solo, y una vez se describió a sí mismo como «el algoritmo». Solo que su “algoritmo” hace lo contrario que el de tu pantalla: no te da más de lo tuyo, te sienta frente a alguien que muchas veces no se te parece.
Compartir, en el fondo, es aceptar renunciar a una pequeña parte de la hiperpersonalización. Y pertenecer es eso mismo llevado más lejos. No que todos pensemos igual, sino aceptar que algunas cosas no están optimizadas solo para nosotros.
Así que la pregunta de diseño no es si la eficiencia es buena o mala. Es qué dependencias merece la pena eliminar y cuáles merece la pena conservar. Debemos poner nuestros esfuerzos en generar eficiencia máxima en el agua, la energía, el mantenimiento, en definitiva, en lo tedioso. Pero quizá no deberíamos automatizar del todo cocinar juntos, recibir a alguien, celebrar, cuidar, enseñar o despedirnos. Máxima eficiencia en la infraestructura. Ineficiencia deliberada en la cultura.
Hay otra cosa que pienso que la eficiencia ha dejado de construir, y se ve en cualquier calle: la belleza.
Una cosa bella, por definición, es una cosa en la que alguien hizo más de lo necesario. La primera vez que salí de la Galería Vittorio Emanuele y me encontré de golpe con el Duomo de Milán, me quedé impresionado. Ver las ciento treinta y cinco agujas de mármol, miles de estatuas, muchas tan altas que desde la plaza apenas se distinguen, me llevó a investigar cuándo se empezó a elaborar dicha obra magna. Empezó en 1386 y no se dio por terminado hasta 1965: casi seis siglos de construcción. Lo que más me impacta cuando ves los números es que ninguna persona que puso la primera piedra lo vio acabado, y aún así siguieron tallando cada figura como si alguien fuera a mirarla de cerca.
Cuando pones atención para quién se hace ese exceso, entiendes por qué ha desaparecido. En los tiempos que corren nadie está dispuesto a tallar una estatua solo por el simple hecho de contemplarla.
La belleza, a mi juicio, es un regalo a desconocidos. Y por eso la eficiencia no sabe qué hacer con ella: su beneficiario no aparece en ninguna cuenta. O no paga, o aún no existe.
Eso abre una pregunta que me parece el centro de todo diseño que merezca ese nombre. ¿Cómo cambia lo que construyes cuando metes en el encargo a alguien que va a nacer dentro de quinientos años? No como metáfora. Como parte interesada, con voz en lo que decides hoy.
Casi nada de lo que construimos hoy pasa esta prueba. Y sin embargo, estamos dispuestos a recorrernos medio mundo para seguir visitando las obras que empezaron hace seis siglos.
Y es aquí, justo en este preciso momento, donde tengo que confesar algo que siempre me ha movido y casi nunca he dicho en voz alta.
Lo que de verdad quiero hacer con mi vida es construir una aldea. Tal y como suena.
No una urbanización con nombre inglés. Una ‘simple’ aldea. Un sitio que tenga lo que estas cabañas tienen y lo que les falta: gente que no se va el domingo. Llevo toda la vida viendo una secuencia sin saber nombrarla: acciones que se repiten hasta volverse rituales, rituales que se convierten en un nosotros, un nosotros que cristaliza en cultura. La aldea es la pregunta que llevo tiempo persiguiendo: si esa secuencia se puede empezar a propósito.
No tengo un plan, ni un terreno, ni un modelo de gobierno, y creo que empezar por ahí sería el error. Lo que sí tengo es un primer principio.
Una mesa con una silla de más.
Un sitio que nadie ocupa salvo quien viene por primera vez, y a quien los demás sirven antes de servirse a sí mismos. Parece un detalle, y es una protección. Toda comunidad muy unida corre el riesgo de cerrarse sobre sí misma. La aldea dice: somos nosotros. La silla responde: todavía no sabemos quiénes somos todos.
Así que voy a intentar verla.
2031
La mesa es demasiado larga para las once personas que se sientan en ella.
La hicieron entre todos, con una madera que tardó meses en llegar y un carpintero que se negó a tener prisa. Es la tercera vez que se reúnen este año. Para ser sinceros, la segunda salió muy mal: llovió, falló la mitad y alguien dijo en voz alta lo que otros pensaban, que todo esto era un poco absurdo. Una pareja ha dejado de venir. El terreno que parecía seguro se cayó en marzo y no hay dinero para otro.
Pero la mesa sigue poniéndose el primer viernes de cada mes. Siempre con la silla de más.
Esta noche la ocupa alguien que nadie conoce del todo. Llegó por un amigo de un amigo. Se sienta, y los demás le sirven primero. Nadie le explica por qué. Tampoco pregunta.
Antes de tener una aldea, tuvieron un ritual.
2076
La mesa ahora está en la plaza.
Los caminos, el agua, la energía, todo funciona sin que nadie lo note. La eficiencia trabajando en su máximo esplendor. Nadie en la aldea sabría explicar cómo, y nadie lo necesita. Lo que sí que sabe explicar cualquiera es cómo se pone la mesa.
Hay niños que no han conocido el mundo sin ella. Y hay una discusión que dura ya tres asambleas. Los más jóvenes quieren quitar la silla de más. Dicen que hace años que no llega nadie nuevo, que es un gesto vacío, que la aldea ya está completa.
La más mayor de las once de aquella primera noche escucha sin decir nada. Al final se levanta y pregunta cuándo fue la última vez que alguien de fuera se sentó a la mesa. Nadie sabe contestar.
Nadie quita la silla. Pero esa primavera, por primera vez en décadas, alguien sale a invitar.
Cada norma de la aldea está escrita junto a su porqué, y cada cierto tiempo alguien las lee en voz alta. Una aldea que no puede preguntarse por qué hace lo que hace acaba obedeciendo a sus antepasados. Y una que olvida del todo el porqué no sabe qué puede cambiar.
2526
Ya no queda nadie de los fundadores de aquella primera mesa.
Un viajero llega de noche. Alguien acerca una silla. Los demás le sirven antes de servirse a sí mismos.
Pregunta por qué. Le dan tres respuestas. Una habla de un carpintero que tardó un año en terminar una mesa. Otra dice que fueron doce, no once. La tercera no se parece a ninguna de las dos.
Nadie cuenta ya la historia igual. Pero todos la cuentan.
Y el viajero, que llegó siendo un desconocido, se levanta de la mesa sin serlo.
Volvemos al presente. Domingo.
Mi pareja y yo recogemos la cabaña a primera hora, sacamos la basura y metemos las cosas en el coche. Cierro la puerta y el lugar queda atrás, perfecto, esperando a quien venga el viernes que viene. Perfecto para dos días. Para nadie para siempre.
Después de intentar imaginar quinientos años, vuelvo exactamente al mismo fin de semana del que salí por un momento. Pero no lo miro igual.
Llevo mucho tiempo pensando que para construir una aldea hacía falta, antes que nada, un terreno, un proyecto, una inversión, un permiso. Me voy pensando que estaba equivocado. Para empezar no hace falta un terreno. Hace falta hacer, por primera vez, algo que merezca la pena repetir durante quinientos años.
Llevamos un siglo ahorrando tiempo. Al cocinar, al lavar, al comunicarnos, al comprar, al buscar y al trabajar. Y ahora la inteligencia artificial promete ahorrarnos todavía más, a una velocidad que ni siquiera podemos imaginar. La pregunta que siempre aparece en mi mente es para qué. Y quizá esa pregunta ya contiene el error, porque exige que el tiempo liberado vuelva enseguida a justificarse produciendo otra cosa.
La aldea da otra respuesta. Para nada. Para cenar. Para esperar. Para ayudar a construir una mesa. Para preparar durante tres días una fiesta que durará cuatro horas. Para sentarse en una plaza. Para conocer lo bastante bien a alguien como para notar que hoy no ha venido.
Todavía no sé dónde estará. Sé que no la empezaré yo solo. Y sé que las primeras once personas todavía no se conocen.
Si algún día te llega una invitación para cenar que no explica demasiado bien para qué es, probablemente seas una de esas once personas.
No queríamos el tiempo para nada en concreto. Lo queríamos para perderlo juntos.
Larga vida a la ineficiencia cultural.
