ARQUITECTURA COGNITIVA

La instancia

Volví de vacaciones, me topé con Stripe Projects, y cuarenta segundos después tenía la infraestructura de un negocio en producción. La pregunta llegó mirando la pantalla: ¿qué acababa de crear? La empresa se inventó en 1602 para resolver un terror que ya no existe — que el barco no volviera — y seguimos usando ese diseño para todo. Este ensayo es un ejercicio de diseño de futuros: qué deja de ser una empresa cuando crearla no cuesta nada. Y una apuesta: la empresa que viene es ambiente.

Por Carles Montrull · · 17 min de lectura

Barcos en apuros en plena tormenta, óleo de Ludolf Bakhuizen, c. 1690. Navíos holandeses de la época de la VOC luchando contra el mar. El terror que inventó la empresa moderna: que el barco no volviera a puerto.
Barcos en apuros en plena tormenta, óleo de Ludolf Bakhuizen, c. 1690. Navíos holandeses de la época de la VOC luchando contra el mar. El terror que inventó la empresa moderna: que el barco no volviera a puerto.

Vuelta de vacaciones. Este año ha sido especial ya que me obligué a parar — he tenido el periodo de desconexión más largo desde que empecé a cotizar. He escrito muy poco, casi nada. Una publicación en LinkedIn anunciando mis 34 años — vuelvo con un año más de experiencia. No he tocado ningún proyecto y he intentado forzarme a no pensar — esta es la tarea más difícil que conozco. Pero siempre existe algún pero. Cuando dejas de buscar, algo te encuentra. Y un día, por casualidad, revisando mi timeline de X me encontré con el anuncio de Stripe Projects. Mi instinto inmediato fue ir a jugar. El juego se convirtió en una línea en el terminal y cuarenta segundos después tenía la infraestructura de un negocio en producción: base de datos, pagos, autenticación, dominio. De ese rato de juego salió un side-project — una herramienta para cafeterías que ahora mismo estoy esbozando con una demo bastante simple. Pero lo importante, como siempre, no fue lo que monté. Fue lo que el comando me hizo preguntar mientras miraba la pantalla. 

¿Qué acababa de crear, exactamente?  

Sobre el papel diríamos que una empresa más. Y sin embargo tuve la sensación de que aquello no se parecía nada a lo que la palabra empresa lleva significando más de cuatrocientos años. Empecé a esbozar algunas líneas que me gustaría testar: esta “empresa” no tenía empleados ni los tendría. No tendría oficinas ni las necesitaría. No aspiraría a durar para siempre — de hecho, si dentro de un año no sirve, la apagaré con un comando — igual que la instancié — sin que nadie llore. Y lo que más me motivó de todo es que me forcé a pensarla eliminando aquello que define a un negocio digital: una plataforma donde entrar. 

Para entender la distancia entre lo que los papeles dicen y lo que tenía en la pantalla, hay que retrotraerse al momento exacto en el que se inventó la empresa. Lo damos por hecho pero el concepto de empresa es un invento — no es un hecho natural. Es una tecnología, con fecha y lugar de nacimiento, diseñada para resolver un problema muy concreto que ya no existe en la actualidad. 

El concepto de empresa se creó en Ámsterdam, concretamente en 1602 y el objetivo fundamental de dicha creación era resolver el siguiente problema: financiar un viaje a las Indias ya que era la apuesta más cara y más letal que un ser humano podía hacer con su dinero. Los barcos tardaban alrededor de dos o tres años en volver, eso sí volvían: tormentas, piratas, escorbuto, motines. Un naufragio no hundía sólo el casco — hundía las fortunas completas de aquellos mecenas que lo habían financiado, y arrastraban a sus familias con ellos. Nadie en su sano juicio ponía todo su patrimonio en un solo barco. Y sin ese patrimonio, los viajes no se podían financiar. La economía más ambiciosa de la época, por tanto, estaba atascada en un problema de riesgo. 

La solución fue crear la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. La compañía se diseñó pensando en resolver el problema a través de tres piezas, cada una revolucionaria. La primera: capital dividido en pequeñas acciones, para que nadie apostara más de lo que pudiera perder — la partición fue tan pequeña que se comenta que incluso hasta las criadas de las mejores familias de Ámsterdam compraron participaciones. La segunda: responsabilidad limitada: si la expedición fracasaba, perdías tu parte, nunca tu patrimonio al completo. Y la tercera: una personalidad jurídica propia, separada de los socios, que sobrevivía a los que morían durante el viaje — porque en travesías de años, morirse era lo esperable. El invento llegó a funcionar tan bien que hubo que inventar otro mecanismo inmediatamente después: un sitio donde revender las acciones a quien quisiera entrar más tarde en aquellas expediciones que tuvieran un trackrecord considerable. Así es como nació la Bolsa de Ámsterdam. 

Ahora, con distancia, es buen momento para analizar este artefacto: la empresa moderna nació como una tecnología para quitar riesgo a las expediciones. Toda su arquitectura — el capital fraccionado, la responsabilidad limitada, la persona jurídica — responde a un único suceso: que el barco no volviera a puerto. 

El diseño fue tan bueno que nunca nos hemos planteado cambiarlo. En cuatro siglos ha cambiado absolutamente todo lo que hace una empresa — qué produce, cómo, dónde, para quién — y casi nada de lo que una empresa es. Es cierto que han existido variantes que llegaron después, pero siendo honestos, son matices sobre el mismo plano:  la sociedad limitada alemana de 1892 abarató el contenedor para los negocios pequeños; la LLC americana de los setenta lo flexibilizó. Pero vamos al núcleo del diseño — persona jurídica, capital de participaciones, responsabilidad limitada, vocación de permanencia — es el de 1602. Lo que me lleva a pensar que seguimos metiendo cada actividad económica del planeta en un contenedor creado para evitar el riesgo derivado de los naufragios en 1602, incluida una herramienta de software que se monta en cuarenta segundos y que no puede naufragar porque no hay barco, ni mar, ni casi nada que perder. 

Cuando una tecnología sobrevive cuatro siglos al problema que la creó, no es porque siga siendo la respuesta correcta. Es porque nadie ha tenido un motivo suficiente para rediseñarla. El experimento de instanciar la infraestructura de una empresa en cuarenta segundos me llevó a pensar que es momento de repensarlo, ya que los motivos acaban de llegar todos a la vez. 

Si algo nos ha enseñado la historia es que cuando el coste de crear tiende a cero: aparece la innovación y no se obtiene lo mismo más barato — obtienes un artefacto diferente. Por ejemplo, cuando la imprenta se abarató aparecieron otros artefactos como el panfleto, el periódico, la opinión pública —  artefactos que acabaron reorganizando la sociedad entera. Esto me lleva a pensar que el artefacto nuevo no será una versión económica de lo viejo ya que el precio, que siempre actuó como censor de la innovación, acaba de caer. Esto permitirá que podamos explorar nuevas formas de empresas que hasta ahora ni se planteaban. 

Así que la pregunta pienso que no es cuántas empresas se crearán ahora que crearla es prácticamente gratis — la respuesta son muchísimas. Para mi, la pregunta es qué deja de ser una empresa cuando crear no cuesta nada. 

Voy a intentar responderla. Como siempre, no como profecía, sino como diseño: tirando de la lógica de lo que ya existe hasta intentar ver la forma que insinúa. Y al final, voy a apostar por una, porque hacer diseño de futuros sin apostar es hacer trampas. 

Allá vamos. La primera capa que se disuelve es la permanencia. 

En 1602 el diseño de la empresa respondía a cómo resolver el terror de la época — cómo construir una entidad que pudiera resistir los naufragios de las expediciones a las Indias Orientales. Ahora, por contra, si crear una infraestructura tiende a cero, crear estructuras que resistan al paso del tiempo deja de ser el punto, y aparece una figura que no se contempla: una empresa con fecha de caducidad elegida. Este tipo de empresa nace para un propósito determinado y una vez cumplido, se puede disolver sola y repartir lo que haya generado según las reglas que se escribieron, y lo más chocante es que desaparece sin dejar papeleo asociado ya que disolverla será como borrar una línea en el terminal. 

Esto que suena a ciencia ficción, no lo es. Existe una función dentro de blockchain llamada ’smart contracts’ — básicamente es un acuerdo ejecutado por código que es capaz de repartir unos fondos dados en base a unas condiciones, o por el contrario, disolverse si no se cumplen — sin necesidad de notario, liquidador o una tercera parte que lo administre. Además, otra figura interesante, dentro también del mundo de la blockchain, son las DAOs. Estas llevaron la idea hasta el extremo: eran organizaciones enteras escritas en código. Fallaron en casi todo, pero el legado que dejaron es más que interesante — la disolución como función, no como drama. Cerrar, por tanto, deja de ser fracasar y se acaba asemejando más a terminar. La quiebra, que durante siglos fue todo un ritual con liquidadores, acreedores y vergüenza pública, siguiendo este modelo puede convertirse en algo más parecido a cerrar un programa al apagar el ordenador. 

Esto provocaría un cambio en la mentalidad de los emprendedores y por ende, en la demografía del tejido empresarial. Hoy montar una empresa es caro, así que solo se intentan las apuestas que justifican el peaje para hacerlo — como consecuencia desincentiva crear nuevas tipologías de empresas. A todo ello, hay que sumarle la complejidad de cerrar lo que fracasa — tan cara, que muchas empresas muertas siguen técnicamente vivas solo porque enterrarlas cuesta más que mantenerlas. En el mundo de las instancias presumo que puede ocurrir lo contrario: nacerán miles, morirán miles, y la mortalidad no necesariamente implicará una crisis — será el sistema funcionando. Por hacer una analogía con la biología — los organismos que se reproducen barato exploran más mutaciones. Esto podría llevarnos a que la economía de instancias pueda explorar el espacio de nuevos negocios a una velocidad que la economía de los contenedores nunca pudo permitirse. 

La segunda capa que se disuelve es la jerarquía entre la empresa y la persona. 

Durante cuatrocientos años la empresa fue parte de nuestra identidad — mi padre, sin ir más lejos, estuvo más de 25 años trabajando para la misma empresa. Hasta ahora, la construcción social dependía de la empresa para la que trabajabas. Siempre me ha hecho gracia el término ‘PayPal mafia’, donde PayPal otorgaba cierta credibilidad al trabajador que había trabajado en ella — el apellido corporativo pesaba más que el propio. Por contra, si vamos a una economía donde las estructuras son desechables, puede que la jerarquía se invierta entera. Imaginemos que lo que persiste a las empresas es la persona que las emite — su criterio, su posición acumulada, su historial de intentos. Esto lo que permitiría es que generes doce instancias en un año. De esas doce: nueve se disuelven sin ruido, dos empatan, y una encuentra algo que llamamos product-market-fit. Esto implica que tu identidad no se construirá en base a los sitios donde estuviste, sino sobre las instancias que emitiste — con las muertas incluidas. Dejaríamos de coleccionar empresas para apostar por nuestras propias apuestas. 

Y con la economía agéntica, esta figura se amplifica hasta donde cueste creerlo. Una persona con criterio y un enjambre de agentes operando sus instancias me lo imagino como lo que en 1900 era un grupo industrial: capacidad de ejecutar en paralelo, en varios sectores, a varias velocidades. La diferencia es que la economía agéntica no necesita de empleados, ni sede, ni consejo. La pregunta de cuánta gente “tiene” una empresa pierde todo el sentido — la pregunta nueva es cuánto contexto acumula y quién pone el criterio. 

Aquí me gustaría hacer zoom. Mi cabeza, sin quererlo, salta a una pregunta: ¿qué pasa con todo lo que la empresa genera a la sociedad más allá de los números puramente económicos? No hay que olvidar que la empresa fue, durante el siglo XX, el gran catalizador de la sociedad — la sociedad moderna se tejió alrededor del tejido empresarial. En otras palabras, la sociedad hoy día no se explica sin la catálisis que supuso. Si aceptamos que la estructura se vuelve efímera y unipersonal, esa función quedará en agua de borrajas y, entonces, la sociedad deberá encontrar nuevas formas de generar comunidad. La pertenencia sobrevivirá a la empresa — pero tendrá que encontrar otro camino. Esto da para otra historia, y creo que merece su propio ensayo. 

La tercera capa que se disuelve es la que descubrí construyendo, y es la que ningún análisis me había contado: el cuerpo. 

Estamos entrando en la era de la IA con los reflejos del software determinista. Parece ser que hay una regla no escrita que dice lo siguiente: si montas algo digital tiene que tener plataforma, pantallas, login, un dashboard que el cliente aprende a usar. A nivel personal, lo he dado por hecho durante años — hasta que me paré a pensarlo y decidí otra cosa. Si me permites, déjame que ponga de ejemplo la herramienta que estoy esbozando para cafeterías ya que no va a tener plataforma. La decisión es la siguiente: el dueño no se loguea en ningún sitio. El reto está en que el sistema capture todo el contexto de su negocio — el TPV, las facturas, las decisiones que va tomando — y todo ello se materialice únicamente cuando hace falta, en la forma en que haga falta: como por ejemplo, un mensaje vía SMS a final de mes explicando la rentabilidad real o una respuesta cuando pregunte algo concreto sobre su margen. Nada más. Sin app que abrir, sin cuadro de mando que interpretar, sin contraseña que recordar. 

Cuando tomé la decisión pensé que era una decisión de producto. Tardé algunas consultas con la almohada en entender que era otra cosa: era la misma disolución de todo este ensayo, una capa más adentro. Primero se disolvió el riesgo — para eso se inventó el contenedor de 1602. Después se disolvió la estructura — la sociedad, los papeles, el registro: todo eso ya es un comando. Y ahora se está disolviendo el cuerpo. La oficina fue lo primero en irse. Después la web dejó de ser obligatoria. Ahora ni siquiera el software necesita interfaz — porque cuando una inteligencia puede sostener el contexto completo de un negocio, la interfaz era solo la prótesis que necesitábamos cuando las máquinas no podían entendernos. Le enseñábamos nosotros a golpe de clic porque no había otra forma. 

Quitadas las tres capas — el riesgo, la estructura, y el cuerpo — queda preguntarnos qué queda debajo de todo ello. Y debajo de todo esto queda un vínculo. Alguien que sabe algo de ti, tiene criterio para decidir qué decirte y qué callarse, y aparece exactamente cuando toca. Ni antes, ni después, ni más veces de las necesarias. 

Esa, pensándolo mucho, es mi apuesta, y la hago con todas las consecuencias: la empresa que viene es ambiente. 

Déjame explicarme. El tipo de empresa que me imagino es aquella que está presente sin mostrarse — se hace visible justo en el momento adecuado. Se activa sin pedir atención — no sigue las reglas de los algoritmos diseñados para captar tu atención de forma continua. Y se muestra justo en el momento que más la necesitas. En otras palabras, la cafetería del futuro no “usará un software de márgenes” — establecerá una relación con un sistema que conoce su negocio mejor que el gestor de toda la vida — un sistema que solo aparece cuando tiene algo que decirte. O vayamos a la banca — los clientes del banco no “entrarán en su banco” — su banco será un ente que se hace presente cuando importa — y desaparece el resto del tiempo. La empresa ambiente por ende no compite por tu atención, que es como se ha diseñado toda la economía digital hasta el momento: compite por algo mucho más interesante: merecer tu confianza con la mínima presencia posible. La métrica que gobernará las empresas ambiente no será el tiempo que pasas dentro de la plataforma sino más bien el tiempo que te libera. 

Algo curioso de esa economía es lo siguiente: acabamos de decir que la empresa ambiente se mide por el tiempo que libera — es donde se cimienta la propuesta de valor — pero, ¿y qué pasa con la diferenciación con respecto a la competencia?; pues que realmente veo que la diferenciación también se percibe en función del tiempo — la cantidad de criterio acumulado reproduciendo el sistema. Hagamos una hipótesis: imaginemos que construimos un sistema con exactamente la misma infraestructura y el modelo de IA es el mismo para ambos — ninguno de los dos marcará la diferencia. Lo que creará la propuesta diferencial es lo único que no viene con la llamada de la terminal: el contexto acumulado por dicho sistema — la cantidad de datos reales acumulados y la jurisprudencia generada de ese negocio concreto — datos que solo existen porque alguien te dejó entrar a leerlos, que es lo más íntimo que tiene cualquier negocio —  y sobre todo, tener el criterio suficiente para interpretarlos. Toda la propuesta de la nueva economía por tanto se sedimenta en: contexto, criterio y confianza. Justo las tres cosas que van en función del tiempo y no se pueden instanciar en cuarenta segundos. Son la posición hecha activo. 

Siendo sinceros, si llegaste hasta aquí, es hora de confesar: probablemente todo lo que has leído anteriormente esté equivocado. El diseño de futuros no deja de ser generación de hipótesis — pero estos ejercicios buscan despertar otra forma de pensar. ¿Por qué puedo estar errado? Porque todo futuro tiene implícitos fenómenos que nadie vio venir y además, a todo ello, hay que sumarle mi propio sesgo de cómo veo los sistemas y la sociedad. Quizá la palabra “empresa” siga nombrando durante siglos cosas que ya no se le parecen, quizá el derecho mercantil y la burocracia tarden años en dar forma legal a las empresas efímeras. Pero en lo que sí creo es en la dirección de fondo que toma este ensayo: si la estructura de una empresa la puede instanciar cualquiera en segundos, la estructura dejará de ser ventaja. Nadie va a competir por lo que todos tienen gratis. Por tanto, la competencia se trasladará de forma entera a lo que nunca fue estructura — el contexto, el criterio y la confianza. 

La innovación tecnológica de 1602 resolvió uno de los mayores problemas de su época: que el barco no volviera. La empresa ambiente responderá al terror de nuestra época, aunque todavía no lo verbalicemos con confianza: que todo pida nuestra atención y nada la merezca. 

Llegado a este punto me pregunto: ¿qué conclusión saco de todo esto? — se podrán instanciar infraestructuras empresariales en cuarenta segundos, mil veces al día, con o sin humanos. Lo que no se puede instanciar hasta el momento es lo que un comando en una terminal de cualquier ordenador no puede traer: los meses de contexto, el criterio generado afinando errores del sistema y la confianza de alguien que te deja leer sus números. 

Si te paras a pensar una relación se parece mucho menos a un comando en una terminal de cualquier ordenador y más a lo que pasa en cualquier cafetería de barrio a las ocho de la mañana. Piensa en ese cliente fiel que ha sedimentado un ritual acción a acción yendo a tomar café — siempre a la misma hora, mismo producto — y piensa en la camarera que nada más verlo ya está preparando el café sin necesidad de cruzar un buenos días. Nadie habló. Nadie abrió ninguna app. Solo hay alguien que lleva meses prestando atención — y otro que, sin darse cuenta, no puede imaginarse sus mañanas sin tomarse ese café. 

Y la siguiente frase es de lo más seguro que estoy en este ensayo. Justo eso es lo que ningún terminal devuelve en cuarenta segundos. Y eso, intuyo, es lo único que dentro de unos años seguiremos llamando empresa.