ARQUITECTURA COGNITIVA

Anticitera

Vincent Weisser definió la computación planetaria como una infraestructura que actúa como capa cognitiva y física de la Tierra. Leída como historia, tiene cuatro etapas: el planeta se mide, se interpreta, se opera a sí mismo, y la que nadie está construyendo, se pregunta para qué. Un ensayo sobre inteligencias verticales, sobre quién tendrá el poder en el acoplamiento y sobre la pieza que le falta a la máquina más eficiente de la historia.

Por Carles Montrull · · 18 min de lectura

Earthrise, fotografía de Bill Anders desde el Apolo 8, 24 de diciembre de 1968. La Tierra saliendo sobre el horizonte lunar: la primera vez que la humanidad vio su planeta entero, y la vio a la vez.
Earthrise, fotografía de Bill Anders desde el Apolo 8, 24 de diciembre de 1968. La Tierra saliendo sobre el horizonte lunar: la primera vez que la humanidad vio su planeta entero, y la vio a la vez.

Esta semana, Vincent Weisser publicó en X una definición de un par de líneas que me dejó pensando. Weisser dirige Prime Intellect, una de las empresas que sigo de hace tiempo y que construye la infraestructura con la que se entrena la inteligencia artificial. La definición dice así. 

“Computación planetaria: la aparición de una infraestructura digital y artificial a escala global que actúa como una capa cognitiva y física de la Tierra” 

Llevo algunos días sin poder quitármela de la cabeza. Probablemente sea una de las frases más impactantes que he leído en los últimos años. 

Merece la pena leerla despacio, palabra a palabra. 

  • Infraestructura. No se refiere a una herramienta que usamos, sino, más bien, algo sobre lo que vivimos sin darnos cuenta, como el alcantarillado o la red eléctrica. 

A escala global. No la de un país ni la de una empresa. La del planeta. 

Digital y artificial. Hecha de datos y de una inteligencia que, por primera vez en la historia de nuestra civilización, no es la nuestra. 

Que actúa como una capa. No un objeto que está en algún sitio, sino algo que lo envuelve todo. 

Y las dos palabras que a mi juicio lo cambian todo: cognitiva y física. Una capa que piensa pero que también actúa. Una Tierra, que por primera vez en sus cuatro mil quinientos millones de años, empieza a tener algo parecido a un sistema nervioso. 

Hace unos meses escribí que nadie ha visto nunca el cambio climático. Vemos el tiempo que hace hoy, una inundación en un pueblo o en una región concretos, un verano que parece interminable. Pero el fenómeno está repartido a lo largo de los siglos y de las fronteras de los países, y ningún observador humano puede abarcarlo. Terminaba aquel ensayo diciendo que nos hacían falta observadores que ninguna persona puede ser. 

Esos observadores a los que me refería son precisamente esta capa. Y la definición de Weisser, leída como historia, tiene cuatro etapas. Las tres primeras se empiezan a distinguir. La cuarta es la que nadie está construyendo, y es la que especialmente me genera más interés. 

I. El planeta se mide 

La primera vez que el planeta se vio a sí mismo fue una foto. 

El 24 de diciembre de 1968, la nave Apolo 8 giró en su órbita alrededor de la Luna y vieron algo que ninguna persona — hasta el momento —había visto nunca con sus propios ojos: la Tierra saliendo por encima del horizonte lunar. Bill Anders fue el astronauta que hizo aquella mítica foto. Años después lo resumió en una frase que dejó huella: habían viajado hasta la Luna para descubrir la Tierra. 

Aquella foto se convirtió en cultura pop de la humanidad. Apareció en todas partes en el primer Día de la Tierra, en abril de 1970. Y antes de que terminara ese mismo año, en Estados Unidos ya existían una agencia de protección ambiental y una ley de aire limpio que no existían antes. Una única foto cambió leyes. Y estoy convencido de que lo hizo por una única razón concreta: toda la humanidad vio la misma imagen en el mismo momento. 

Desde entonces nos tomamos una misión muy a pecho, y no fue otra que cubrir la Tierra de instrumentos. Satélites que miden el hielo, boyas que miden el océano, estaciones que miden el aire, sensores en ríos, campos y ciudades. El filósofo Benjamin Bratton, que lleva años pensando en este concepto, lo describe a través de la biología: además de bosques, océanos y especies, la Tierra se ha construido un exoesqueleto. Piensa este exoesqueleto como un órgano sensorial distribuido, capaz de calcular cuántos años tiene el planeta o si se está calentando. 

Para Bratton, saber que existe el cambio climático es un logro de esa capa. Si recuerdas, los hiperobjetos no se pueden percibir a través de los sentidos. Sin este exoesqueleto, y sin modelos capaces de reconstruir el clima pasado y proyectar el futuro, no habría forma de relacionar algo tan invisible como el carbono en el aire con la temperatura de un siglo entero. Por tanto, llegamos a una conclusión que parece obvia. El cambio climático no se ve. Se calcula. 

Y aquí aparece el principal problema. Hoy el planeta se mide infinitamente mejor que en 1968, pero lo que se mide no se junta. Cada satélite, cada red de sensores, cada agencia, cada empresa guarda su parte: los datos del hielo en su sitio, los del agua en otro, los de las cosechas en un tercero — toda la información vive de forma desagregada, en su formato, con su dueño y su propósito particular. Hemos construido miles de silos de información que no se hablan entre sí. En 1968 bastó una imagen para que la humanidad empezara a tomar perspectiva de la Tierra. Hoy tenemos millones de medidas, y ninguna conforma la imagen completa. 

II. El planeta se interpreta 

La segunda etapa es la que estamos viviendo justo ahora, y gran parte de la gente se está dejando llevar por el gran titular. 

La conversación sobre inteligencia artificial está obsesionada con una sola figura: una inteligencia general, inmensa, capaz de saberlo todo. Pero pienso que un planeta no se entiende así.

Hay un objeto de hace más de dos mil años que lo explica mejor que cualquier informe. En 1901, unos buceadores sacaron de un naufragio, cerca de la isla griega de Anticitera, un bloque de bronce. Hizo falta casi un siglo para entender qué era: más de treinta ruedas dentadas que, al girar una manivela, calculaban la posición del Sol, de la Luna, de los planetas y de los eclipses. Ninguna rueda por sí misma sabía nada del cielo, pero el mecanismo en su conjunto era capaz de predecir la posición de los astros a la perfección.

La inteligencia que está creciendo alrededor del planeta se parece mucho más a esto que a un cerebro. 

Lo que viene — o al menos espero — son inteligencias verticales. Una que entiende el agua de una cuenca mejor que cualquier hidrólogo. Otra que entiende el suelo. Otra, las redes eléctricas. Otra, las migraciones, los incendios, las cosechas, las corrientes. Cada inteligencia vertical sabrá muchísimo de una sola cosa y nada de las demás. 

Y entre ellas, enjambres de agentes. No para saber más, sino para traducir. Imagina los enjambres de agentes como APIs que se conectan para traducir. Para que lo que sabe la inteligencia del agua le llegue a la del suelo, y lo que esta deduce le llegue a la de las cosechas. Agentes que van tejiendo ecosistemas enteros a partir de miradas parciales generando una concepción del planeta que ninguna de ellas podría tener sola. 

Todo esto me lleva a la conclusión de que la inteligencia planetaria no será un cerebro. Será un engranaje. Y lo que la hará inteligente no será el tamaño de ninguna pieza, sino cómo se acoplan. 

 III. El planeta se opera a sí mismo 

La tercera etapa ya se empieza a intuir, y es la que cambiará las cosas. 

Hasta ahora, las dos mitades de la definición iban por separado. La capa cognitiva entendía algo — que viene una sequía, que un río va a crecer — y era una persona quien decidía qué hacer con eso: abrir un embalse, encender una central, avisar a los agricultores. Entre lo que sabía el sistema y lo que ocurría en el mundo había siempre un humano. 

La tercera etapa empezará cuando ese humano desaparezca. Cuando lo que entiende la capa cognitiva pase directamente a la capa física, y el mismo sistema que interpreta sea el que ejecute. Esto funcionará como un termostato: mide la temperatura, la compara con lo que debería haber y enciende o apaga la calefacción sin preguntar a nadie. Ahora imagina ese termostato del tamaño de un planeta. 

Redes que redistribuyen la energía según lo que va a hacer el viento. Compuertas que se abren cuando el modelo anticipa crecidas de agua. Riegos que se ajustan solos en función de la humedad o sequedad del suelo. Cada vez más decisiones serán tomadas porque el sistema estará preparado para tomarlas, más rápido y mejor que cualquier persona. Esto permitirá que el bucle se cierre: el planeta mide, interpreta y actúa. 

Esta etapa tiene un límite, y es el más vertiginoso que existe. 

En 1991 entró en erupción el Pinatubo, en Filipinas. La erupción lanzó a la estratosfera millones de toneladas de dióxido de azufre, y durante los dos años siguientes la temperatura media del planeta bajó medio grado. De esa observación nació una de las corrientes más estudiadas y temidas de la ciencia climática: imitar al volcán. Inyectar partículas en la estratosfera para reflejar parte de la luz del Sol y compensar así parte del calentamiento de la Tierra. Esta acción es tan controvertida que hay países que ya han prohibido experimentar con ello. 

Paremos un segundo y pensemos en lo que significa. El mecanismo de Anticitera calculaba el cielo. La capa que estamos construyendo podrá decidirlo. 

Un planeta capaz de medirse, interpretarse y operarse a sí mismo es, por primera vez en la historia, uno capaz de cambiar hasta su propio color de cielo. Y justo en el momento en que esto sea técnicamente posible, la única pregunta que importa deja de ser técnica. 

IV. El planeta se pregunta para qué 

Bratton tiene un nombre para hacia dónde va todo esto: sapiencia planetaria — aunque he de confesar que a mí me gusta más el término ‘Inteligencia colectiva’. La sapiencia planetaria se define por la capacidad del sistema terrestre, a través de sus infraestructuras técnicas y culturales, de saber algo sobre sí mismo y actuar en consecuencia. 

Es una definición realmente preciosa, y tiene un agujero exactamente en sus dos últimas palabras. En consecuencia. ¿En consecuencia con qué? — me pregunto. 

Un planeta que se entiende a sí mismo no implica que sepa lo que quiere. 

Veamos un ejemplo. La inteligencia del agua puede decir con exactitud cuánta bajará por un río el próximo verano. Además, puede calcular qué pasará si se desvía hacia una ciudad o si se deja correr hasta el delta. Lo que no puede decidir es para qué sirve ese río. Si es para beber, para regar, para que un pueblo siga existiendo o para que un bosque no desaparezca. A lo que voy es que esa pregunta no tiene respuesta en los datos. Tiene respuesta en una cultura. 

En La aldea escribí que la eficiencia sirve para eliminar dependencias, y que la cultura necesita conservar algunas. Lo resumí así: máxima eficiencia en infraestructura, ineficiencia deliberada en la cultura. Entonces lo pensaba a la escala de una mesa. Este ensayo obliga a pensarlo a escala planetaria. 

Porque una capa que mide, interpreta y opera el planeta es la mayor máquina de eficiencia que habremos construido nunca. Y la eficiencia, llevada al límite, nos lleva a un escenario que ya nos resulta familiar con cada pantalla: converger. Si el bucle planetario se cierra sobre una única métrica — la producción, el coste, incluso la temperatura —, optimizará la Tierra entera hacia ella con la misma precisión que un feed optimiza a una persona hacia lo que la retiene para seguir consumiendo la aplicación. Un planeta perfectamente eficiente sería un planeta convertido en media. Lo contrario de la sapiencia planetaria ya tiene nombre: el pensador Thomas Moynihan lo llama estupidez planetaria. Es lo que obtendremos cuando construyamos una inteligencia gigantesca que actúe en consecuencia fijándose únicamente en la métrica equivocada.

Así que creo que la sapiencia planetaria necesita una corrección. Un planeta no se vuelve sabio cuando cierra su bucle. Se vuelve sabio cuando aprende dónde tiene que abrirlo. 

Esto cambia la pregunta política del siglo, y conviene nombrarlo sin rodeos. 

En un sistema de inteligencias verticales, el poder no está en ninguna de ellas. Está en el acoplamiento. En los agentes que deciden qué información pasa de un sistema a otro, qué se optimiza, qué pesa más cuando el agua y la energía quieren cosas distintas. Quien diseñe esa capa de coordinación estará decidiendo, sin que nadie lo haya votado, la voluntad planetaria. 

Este posiblemente sea el objeto político más importante que vamos a construir desde las ciudades estado. Y hoy se está construyendo como se construyó todo lo demás: en empresas, con métricas de empresas, sin que exista ningún lugar donde discutir qué decisiones no debería tomar nunca el sistema, aunque pueda. 

Un pequeño disclaimer. Sé que proponer un principio de diseño para algo que todavía no existe tiene mucho de tirarse a la piscina. Lo más probable es que me equivoque en la mitad. Pero en El diario y la historia  escribí que prefiero pensar desde dentro, expuesto a equivocarme en cada página, antes que esperar al final para tener razón. Soy de los que piensan que un error registrado en tiempo real vale más que un acierto reconstruido después. Esto tómalo como una página más de este diario. 

Así que me tiro. Propongo un principio de diseño, y lo he nombrado, en honor a aquel bronce de Anticitera, la rueda de los Juegos. 

Porque hay un detalle en el mecanismo, no pequeño a mi juicio, que casi siempre se cuenta de pasada. Además del cielo, calculaba las fechas de los Juegos de la Antigüedad. Entre las ruedas que seguían al Sol y la Luna había una que llevaba cuenta de los días en que toda Grecia se reunía en un mismo lugar. La primera ‘computadora’ de la historia sabía hacer únicamente dos cosas: dónde estarían los astros, y cuándo tocaba reunirse. 

Todo sistema planetario debería tener este mismo mecanismo. Una pieza que no optimiza nada y cuya función es convocar: fijar los momentos en que el bucle se detiene y pasa por las personas. Este acto es deliberadamente ineficiente, metido justo en el corazón de la máquina más eficiente que jamás hayamos construido en la historia. 

La rueda de los Juegos decide exactamente tres cosas. Qué decisiones son de infraestructura y pueden cerrarse solas: equilibrar una red, repartir el agua de cada día, prevenir lo previsible. Qué decisiones son de sentido y tienen que abrirse siempre: qué conservar, qué sacrificar, qué cielo queremos. Y dónde aterrizan esas aperturas. 

Porque tienen que aterrizar en algún sitio. Estamos acostumbrados a trabajar sobre una capa cognitiva que vive en la nube pero este sistema tiene implicaciones sobre lo físico y tarde o temprano termina en una calle, en un edificio, en una plaza o delante de alguien. Entre el planeta, que hoy sabe verse entero, y la persona, encerrada cada vez más en su pantalla, hay una escala que casi nadie está diseñando: la de los lugares donde la gente coincide y decide junta. Es, precisamente, la escala en la que trabajo ahora. Y cuanto más lo miro, más me convenzo de que es la pieza que le falta al mecanismo que venimos desarrollando. 

Hace casi tres años escribí sobre algo parecido — en plena influencia del blockchain. Imaginaba una sociedad gobernada por contratos inteligentes, con votaciones cuadráticas y un índice que medía la contribución de cada ciudadano y decidía cuánto pesaba su voto. Recuerdo que lo llamé Arkadia. Hoy, con el tiempo, sin dudarlo, quitaría ese índice. Analizándolo con los ojos de ahora es otra métrica, y una sociedad que puntúa a sus ciudadanos acaba optimizándolos hacia la media. Pero lo que más ha cambiado es otra cosa. Entonces creía que un protocolo bastaba para gobernar. Ahora sé que un protocolo sin ritual se queda en un mecanismo inerte. El código puede garantizar que nadie haga trampas pero no puede conseguir que a alguien le importe. 

Así que vuelvo a imaginarlo, esta vez incorporando las dos mitades. 

Allá voy. 

Dentro de treinta años, los agentes que coordinan el clima llegan a la siguiente conclusión: es posible enfriar el planeta medio grado durante una década reflejando una parte de la luz solar. Incluso han calculado los efectos sobre las lluvias de cada región, las cosechas, los océanos, quién ganaría y quién perdería. Desde un lado racional es la solución óptima en casi todas las métricas sobre las que se ha proyectado la simulación y los agentes podrían empezar a ejecutarla esta misma semana. 

No lo hacen. El sistema se ha diseñado para que no puedan hacerlo de forma autónoma. 

El protocolo que gobierna la capa distingue dos tipos de decisiones. Las reversibles — equilibrar una red, repartir el agua de una semana — se ejecutan solas. Las irreversibles, y las que reparten costes de forma desigual entre regiones, llevan en su propio código una condición: no pueden ejecutarse sin pasar por la rueda de los Juegos. Ningún agente puede saltársela. Los agentes pueden proponer, calcular y explicar escenarios pero nunca activarse para ejecutar de forma autónoma. 

Lo primero que imagino, una vez los agentes han esbozado el escenario de actuación, es que la propuesta se hace pública. No un resumen: los modelos, los datos, los supuestos, las incertidumbres, quién la propone y por qué. Queda registrada en un libro de cuentas que nadie puede alterar — una cadena de bloques —, para que dentro de cincuenta años cualquiera pueda volver atrás y ver qué se sabía y qué no cuando se decidió — trazando así la microhistoria de las decisiones. 

Después llega el momento que el mecanismo tenía calculado. A una hora fijada, el planeta se muestra entero a sus habitantes a la vez. La misma imagen, las mismas consecuencias, en cada pantalla, en cada plaza, en cada cocina. Por primera vez desde aquella Nochebuena de 1968, miles de millones de personas miran lo mismo al mismo tiempo. 

Y esto desemboca en la parte lenta. Durante meses, la decisión baja a los lugares donde la gente se reúne: asambleas, consejos, mesas. Los agentes asisten como asistiría un experto. Responden, simulan lo que se les pide, corrigen a quien se equivoca con datos. No opinan sobre lo que importa. 

Cuando llega la votación, todo el mundo recibe los mismos créditos: pongamos cien al año, para todas las decisiones que pasen por la rueda. Nadie tiene más que nadie, ni por riqueza, ni por país, ni por ningún índice. La diferencia que plantea el sistema está en cómo se gastan. El sistema es cuadrático: un voto cuesta un crédito, dos votos cuestan cuatro, tres cuestan nueve, y diez votos cuestan los cien. Cada voto adicional sobre una misma cuestión es más caro que el anterior. 

Pensad en lo que eso provoca. Alguien que vive en una ciudad que ganaría un poco de fresco apoya la propuesta con un solo voto, que le cuesta un crédito, y guarda los otros noventa y nueve para el resto de decisiones del año. Alguien que vive en el valle donde dejaría de llegar la lluvia puede gastar sus cien créditos en esta sola votación y emitir diez votos en contra. Su voz pesa diez veces más que la de su vecino de la ciudad, pero a cambio renuncia a opinar en todo lo demás hasta el año siguiente. 

Ese es el truco. Si la votación no siguiera esta formulación, un millón de personas a las que algo les da un poco igual vencerían siempre a mil a las que les cambia la vida. Aquí no necesariamente.

Y aunque la propuesta se apruebe, el contrato lleva dos cláusulas adicionales que nadie puede borrar. La primera: no se ejecuta de forma inmediata, para que la decisión sobreviva al entusiasmo del momento. La segunda: caduca. Cada cinco años la rueda vuelve a girar, y la decisión tiene que ganarse otra vez, con los datos nuevos, delante de quien viva entonces. Esto viene dado porque ninguna generación debería tener el poder de hipotecar a las generaciones del futuro. 

Si nos retrotraemos vemos cómo ha funcionado el sistema. El sistema ha medido. Ha interpretado. Ha propuesto. Y se ha detenido a preguntar. 

Esta es mi apuesta. La capa que describe Weisser no tendrá forma de cerebro, sino de engranaje: miles de inteligencias verticales acopladas por agentes. El poder no estará en ninguna de ellas, sino en cómo se acoplan. Y la pieza más importante de todo el mecanismo será la única que no calcula nada: la que sabe cuándo reunirnos para decidir. 

Weisser escribió que esta infraestructura actúa como una capa cognitiva y física de la Tierra. Yo añado una tercera palabra, y es la que decide si todo lo demás sirve para algo. 

Cultural.